ENTREVISTAS

 

Teatro Real / Javier DEL REAL
 
La soprano bávara se declara enamorada de España. Después de cantar en Madrid I Puritani y un concierto dedicado a Meyerbeer y de lanzar un disco sobre al compositor alemán, Diana Damrau regresa este mes al bel canto, ahora como Lucia en Múnich.
 
Juan A. MUÑOZ
ÓPERA ACTUAL 204
(JULIO-AGOSTO 2017)
 
La soprano alemana Diana Damrau asegura que “Verdi es pasión”, y se pregunta: “¿No es eso lo que todos anhelamos? Si cantas bien sus personajes, no importa dónde te encuentres: esa pasión podría aparecer hasta en la ducha”. Reconocida como una de las grandes sopranos de la actualidad, experta mozartiana y straussiana, también domina títulos como Lucia di Lammermoor (Donizetti), que canta este mes en el Festival de Múnich, como también otros muchos del repertorio belcantista, además de roles verdianos como Gilda, Violetta y Luisa Miller. De musicalidad infalible, su coloratura funciona como mecanismo de relojería y nadie olvida sus pianísimos flotados. Confiesa a ÓPERA ACTUAL que soñaba con ser cantante desde los doce años, cuando vio en el cine La Traviata de Zeffirelli. “Fue como una revelación: la lírica era mi camino. Me gustaba mucho bailar y cantar, pero no conocía la ópera. Desde entonces, fue un sueño. Rezaba para que tuviera el talento necesario para hacerlo. Tenía tanto miedo de no poder... Al comienzo mis padres se preocuparon, pero después, viendo que mis profesores confirmaban que yo podía dedicarme a esto, se tranquilizaron”.
Ópera Actual: ¿Qué es para usted el bel canto?
Diana DAMRAU: Es la cima y el premio. Está todo ahí. Un cantante debe dominar la técnica del bel canto independientemente de que se dedique a otro repertorio. Todas las voces son diferentes y el bel canto protege el sonido en toda circunstancia: en el forte, en la llegada a los graves, en los pianísimos, en los recitativos. Y entrega las herramientas para resolver problemas como la messa di voce, agudos en pianísimo, todo lo que puedas imaginar. El bel canto permite que emerja el alma a través de la música y de las palabras. Y eso sirve para todo el repertorio.
Ó. A.: ¿Sacrifica la belleza del sonido por un efecto dramático?
D. D.: Los colores vocales son importantes porque en ellos está la expresión. Uno comprende una intención escénica gracias al color con que la voz pinta una frase. En esto de la belleza, el estilo es muy importante porque es distinto cantar Mozart que una obra del siglo XX o XXI, en las que con frecuencia se experimenta con las posibilidades de la voz. También el verismo permite otras soluciones en términos expresivos. Pero sí, creo que a veces es posible emitir una nota o un sonido que no es exactamente bello, pero que lo dice todo.
Ó. A.: Ha dicho que no puede vivir sin Mozart. ¿Es cierto?
D. D.: Absolutamente. Mozart parece conectarte con Dios y con los ángeles, te lleva a otra dimensión y te abre el alma. Es, además, una medicina para la voz, aunque muy difícil, pero es muy sano. Con Mozart siempre estás muy expuesto de modo que nada puede fallar, pero el canto es natural. Es tan claro y preciso que no tienes escapatoria.
Ó. A.: En todo caso, ha abandonado varios de sus papeles mozartianos...
D. D.: Ya no tengo 27 años y la Condesa, por ejemplo, es una mujer más madura, más acorde con mi edad. No estoy diciendo que sea una señora mayor y aburrida: es un personaje magnífico que me encanta, es Rosina de El Barbero de Sevilla, pero con más experiencia. También he dejado la Reina de la Noche y Zerbinetta, muy queridas también. Hay que buscar el equilibrio. Yo no puedo estar haciendo los saltos mortales de Zerbinetta o la Reina para después cantar la Condesa o Violetta.
Ó. A.: Estos son días de Lucia di Lammermoor que cantará en Múnich en julio y diciembre...
D. D.: Sí. Lucia, junto con Elvira de I Puritani –que hace un año estaba cantando en el Real de Madrid–, son personajes fascinantes, con historias conmovedoras. Terrible, en el caso de Lucia, porque pierde la razón. Es una mujer inserta en una sociedad de hombres en la que no tiene ningún derecho. Termina asesinando al marido impuesto. Donizetti describió, en la escena de la locura, cómo trabaja la mente de una persona enferma. Lo de Elvira tiene un tono de ensoñación distinto; ella pasa a estar fuera del tiempo y del espacio producto del dolor, pero no alcanza a caer en la enfermedad.
 
 
 
Ó. A.: ¿Cómo se relaciona con el actual reinado de los directores de escena?
D. D.: Hay que escuchar sus propuestas –que a veces son estupendas–, pero en ocasiones hay alguno que llega con ideas que no quiere cambiar y no escucha a nadie. Ahí surgen los problemas porque en ópera tenemos que trabajar en conjunto. Uno debe poder hablar, discutir y luchar si es preciso. Hay que integrar lo que aporta cada uno.
Ó. A.: Hay quienes creen que la ópera necesita un escándalo para vender.
D. D.: Es verdad, pero lo que cuenta finalmente es la música y el canto. Sabemos que el sexo y la sangre venden, y que hay quienes se apoyan en eso.
Ó. A.: ¿Dónde está su mente mientras canta en un escenario?
D. D.: Con la música y con la situación que se representa. En la ópera hay que estar pendiente de todo: de la parte técnica, de tal o cual movimiento, de la expresión, del sobreagudo que viene y que hay que resolver bien... Siempre alerta y con toda la energía puesta ahí.
Ó. A.: ¿Le apasiona el Lied?
D. D.: Sí. Es como algo metafísico, un género que nos conecta con la fuerza esencial de la vida. Próximamente grabaré los Vier Lezte Lieder de Richard Strauss con Kirill Petrenko y la Bayerische Staatsorchester.
Ó. A.: Y una serie de recitales de Lieder de Wolf junto a Jonas Kaufmann...
D. D.: Sí. Es un programa bellísimo con el Italienisches Liederbuch, que haremos a partir de febrero en Baden-Baden, Barcelona, Viena, París, Londres y Budapest. Wolf es extraordinario; no es fácil ni para cantar ni para sentir. Cuando uno accede a su estética puede comprender la belleza y la sabiduría que hay en sus canciones. Son pequeñas joyas.
Ó. A.: Su marido es el barítono Nicolas Testé. ¿Cómo lo llevan siendo ambos cantantes?
D. D.: No vamos cantando todo el día por casa... Somos bastante normales y hacemos vida de familia. Hay que viajar y estudiar, aprender nuevos roles y practicar. Hay estrés en eso. También hay que poner atención en la salud, porque no se puede cantar Lucia estando resfriada. Nos cuidamos mucho.
Ó. A.: ¿Por qué le entusiasma España?
D. D.: La gente del sur es apasionada. Me encanta cómo son los españoles. Soy bastante española en el alma; heredé de mi madre su amor por España. Me gusta el flamenco, por el baile y el cante jondo, pero sobre todo por cómo se muestra a la mujer: es la madre tierra, la fuerza. Carmen es un personaje fascinante que resume algunas de estas cosas; me encantaría cantarlo... Algunas sopranos lo han hecho, como Victoria de los Ángeles. Merimée y Bizet conjugaron muy bien su carácter, con esa mezcla francesa, gitana y sevillana. También me atrae la virilidad del hombre en el flamenco.
Ó. A.: ¿Tiene proyectos en España?
D. D.: Espero tener muchos más aparte del recital de Lied que haremos en febrero en Barcelona con Jonas. Lo último ha sido un recital en Madrid dedicado a Meyerbeer a propósito de mi último disco (ver crítica en ÓPERA ACTUAL 203). Es un compositor soberbio. Logró hacer música en italiano como si fuera música italiana, música en alemán como si fuera música alemana, y lo mismo ocurre con su música francesa. Si uno escucha Gli amori di Teolinda no tiene nada que ver con el aria “Ombre légère” de Dinorah, de Le pardon de Ploërmel, que es de lo poco que se conoce de sus obras para soprano de coloratura.
 
 

 

 
 
 
 
 
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