NOCHES DE ESTRENO

Gran Teatre del Liceu
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la viuda alegre
27 / VII
Vanessa Goikoetxea, Bo Skovhus, Angela Denoke, Ben Bliss.
Orquestra Simfònica y Cor del Gran Teatre
del Liceu (Dir. Cor: Conxita García).
Dirección: Josep Pons.
 
Con La viuda alegre regresan al Liceu el barítono Bo Skovhus y la soprano Angela Denoke, dos grandes expertos en el género vienés / nordicartistsmanagement.com / Johan Persson
 
El Gran Teatre barcelonés reabre sus puertas a la opereta, un género cuyas obras maestras en épocas pasadas fueron tan populares en el escenario catalán como las zarzuelas más queridas del repertorio. esta apertura de la programación hacia otras vertientes de la lírica –aunque se trate de una sola función y en versión de concierto– es un gesto que ayuda a la ampliación del público.
 
Roger ALIER
 
Con esta popular opereta de Franz (Ferenc) Lehár regresa el género lírico vienés por excelencia al escenario liceísta. El compositor húngaro nació el 30 de abril de 1870 en Komarom, ciudad a orillas del Danubio en la frontera de Hungría con Eslovaquia y entonces integrada en el Imperio Austríaco. El origen de la familia se remonta a un noble militar francés, Le Harde, que pasó a residir en la zona; sus descendientes acortaron el apellido y lo hungarizaron como Lehár.
Elpadre del compositor era director de una banda municipal y animó a su hijo a que entrara en el campo de la música. El desarrollo de sus facultades interpretativas dio sus frutos y en 1888, a los 18 años, se diplomaba en violín. Lehár comenzó a trabajar como músico y director de orquesta, además de oficiar como compositor ocasional de obras como marchas, himnos, etc.
Después de algunos intentos creativos en el terreno de la lírica, trató de afianzarse escribiendo óperasque no tuvieron relieve, hasta que logró su primer acierto con Wiener Frauen (1902), obra con mucho diálogo pero en la que se hizo notar un vals que tenía una presencia especial como tema central del argumento.
Recién fallecidos en Viena los compositores Franz Suppé (1895) y Johann Strauss II (1899), los más grandes representantes de la opereta,parecía que el género había terminado su ciclo hasta que en 1905 llegó Lehár y su Viuda alegre (Die Lustige Witwe). A pesar de la baja calidad del libreto –de Viktor Léon y Leo Stein, basado en la comedia de Henri Meilhac L’Attaché d’Ambassade, cuya acción tiene lugar en torno a la embajada del país imaginario de Pontevedro–, Lehár consiguió con su Viuda un triunfo monumental en el Theater an der Wien.
El éxito de La viuda alegre fue propiciado en buena medida por el crítico Ludwig Karpath, quien asistió a los ensayos previos al estreno y que publicó en un diario vienés los aciertos de la obra convirtiéndose en un apasionado defensor de esta opereta en la que ni el mismo director del teatro había creído. Gracias a este éxito Lehár orientó su trabajo hacia el género del compositor Oscar Straus, quien comenzó a estrenar sus éxitos en 1907.
Al alcanzarse las 200 representaciones de La viuda alegre en el Theater an der Wien, se le concedió una medalla al compositorante tal récord, quien, a partir de ese momento, vio crecer su fama como la espuma. Su opereta se representó de inmediato en los países de habla alemana (la primera ciudad en importarla fue Hamburgo, en marzo de 1906) y después fue traducida a numerosos idiomas –al castellano en 1909 por Manuel Linares Rivas y Astray y Federico Reparaz para su estreno en Madrid– y también llegó rápidamente a América; se llegó a representar a la vez en cinco teatros distintos de Buenos Aires.
Aunque su condición de opereta ha sido un motivo para no figurar en el repertorio de los teatros de ópera, La viuda alegre se ha abierto camino en muchos escenarios reticentes al género. La obra de Lehár se estrenó en el Liceu de Barcelona el 12 de marzo de 1912; regresó a ese escenario en 1963 formando parte de una breve temporada centrada en la opereta que presentó el empresario Juan Antonio Pàmias junto a una obra de Heinrich Besté basada en música de Schubert –Das Dreimädlenhaus–, y en 1980 regresó con tres representaciones despidiendo la temporada de invierno, pocos meses antes de la muerte del gran empresario liceísta.
La vida de Lehár siguió transcurriendo por caminos de éxitos teatrales nada desdeñables, pero solo Der Graf von Luxemburg (1909) y algo más tarde Eva (1911), consiguieron una difusión comparable con la de su ilustre predecesora.
Hacia 1925 su estrella parecía irse apagando, pero algún éxito puntual como el de Paganini (1925), tardío tributo del compositor al instrumento con el que había empezado su carrera, reanimó su prestigio, que se vio también reforzado por la dedicación al género de la opereta del tenor Richard Tauber, que fue un intérprete especialmente cualificado para interpretar las figuras amorosas de las tópicas historias operetísticas que en ese momento comenzaron a apartarse del final feliz creciendo en sentido dramático. Tampoco hay que olvidar Frederike (1928) y el espectacular éxito de Das Land des Lächelns (El país de la sonrisa, 1929).
En 1934 Lehár obtuvo un nuevo éxito con la ópera Giuditta, pero los nubarrones de la tremenda confrontación que se gestaba en la Europa de aquellos años cerró definitivamente el capítulo de sus creaciones. Aunque Lehár nunca intervino en política, se dijo que había sentido simpatía por Hitler, quien presumía de wagnerismo pero en realidad lo que adoraba era la opereta.
En sus años finales Lehár se retiró al balneario de Bad Ischl, en el que pasó los años de su retiro y donde falleció el 24 de octubre de 1948. El mundo que había conocido había desa­parecido mucho antes que él, y era ya solo un lejano recuerdo nostálgico que sus más famosas obras siguen conjuntando cuando algún teatro les vuelve a dar vida como lo hará este mes el Gran Teatre del Liceu aunque esta vez (hélas!) en forma de concierto.
 
 
 
 
 
 
 
 
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